A veces damos por sentado lo respetuoso que es Dios con nosotros. Estamos acostumbrados a un mundo que todo el tiempo nos presiona, nos exige y nos empuja a hacer cosas que no queremos, que se nos olvida que el Creador del universo jamás actúa de esa manera.
Hace poco estaba leyendo sobre la impresionante fiesta que organizó el rey Asuero en el libro de Ester, y hubo algo sobre la ley de ese banquete que me llamó la atención. Mira lo que dice Ester 1:8 (RVC):
“Por ley del rey, nadie estaba obligado a beber, sino que cada uno bebía según su voluntad, pues el rey había ordenado a todos los mayordomos de su casa que se atendiera el gusto de cada invitado”.
El pasaje relata que en la fiesta había abundancia de vino, copas de oro por todos lados y una cantidad de comida impresionante. Todos los invitados tenían el banquete a su disposición, pero la regla de oro era que nadie estaba obligado. Cada quien tomaba según lo que dictara su propia voluntad.
Al leer esto, no pude evitar pensar en la increíble generosidad y el profundo respeto que Dios nos tiene.
Dios ha estado derramando "mucho vino" en medio de nuestro corporativo y en nuestra vida diaria. Cuando en el Instructivo se habla de vino nuevo, muchas veces se refiere a la revelación, a Su presencia fresca, a Su guía y a esos momentos donde Su Espíritu nos habla de forma clara.
Y esto no es otra cosa más que Dios ha abierto el banquete y ha servido copas llenas de Su verdad. Su deseo más profundo es que todos nos acerquemos, tomemos la copa y bebamos hasta saciarnos. Él no quiere que nadie se quede con sed. Como lo dijo Jesús en Juan 7:37: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”.
Pero aquí viene la parte confrontativa: a pesar de lo mucho que el corazón de Dios anhela que disfrutes de lo que Él preparó, Él jamás te va a forzar.
En Su soberano respeto hacia ti, la regla del banquete sigue siendo la misma: a nadie se le obligará a beber. Él deja la mesa puesta, la revelación expuesta y el vino servido, pero la decisión final siempre será tuya.
En estos tiempos donde hay tanto de Dios para recibir, todo depende de la actitud con la que nos presentemos ante Su mesa. Tenemos dos opciones:
Mirar cómo otros disfrutan, cómo otros crecen, cómo otros reciben esa revelación, mientras nosotros nos quedamos como simples espectadores, secos por dentro y “viendo de lejitos”, o dejar a un lado la pena o la apatía, caminar confiado y acercarte a la mesa de tu Padre, tomar la copa y beber con ganas de lo que Él tiene para nosotros.
Dios respeta tanto tu voluntad que, si decides no tomar de lo que Él te está ofreciendo, Él no te va a obligar, aunque le duela ver que prefieres quedarte con sed.
El vino ya está servido en la mesa. La revelación y Su presencia están disponibles hoy mismo para ti. No te quedes mirando desde la distancia; acércate con la confianza de un hijo y llena tu copa. La invitación está abierta, pero recuerda: la decisión de beber es completamente tuya.
-Arcelia Rubí Pantoja







































