A veces Dios es sumamente directo. Bueno, en realidad siempre lo es, pero hay días en los que se pasa de claro o, más bien, nosotros tenemos empañada la visión.
El otro día me caché en pleno momento de queja. Estaba haciendo un recuento de todas esas metas y cosas que no he cumplido, y me quise poner "espiritual" para reclamarle a Dios. Le dije: “Señor, por favor, no dejes que mi esperanza mengüe y ven a ayudarme...”.
Pero en cuanto terminé de decir la palabra “ayúdame”… ¡Zaz! Sentí una cachetada de esas que te acomodan las ideas. Fue como si el Espíritu Santo me dijera al oído: «¿Cómo que ayúdame? Si Yo siempre he estado ahí».
Me quedé helada. Y para rematar, abro mi Biblia y lo primero que leo es esto:
“Yo he estado contigo dondequiera que has andado...” 1 Crónicas 17:8
Uff, se me puso la piel chinita y lo único que pude hacer fue pedirle perdón.
Qué rápido se nos olvida, ¿verdad? El problema nunca ha sido que Dios no esté o que se tome vacaciones. Los que dejamos de ver somos nosotros. Somos nosotros los que nos cansamos, los que nos desanimamos y los que dejamos de actuar simplemente porque perdemos la visión clara de hacia dónde vamos. Nos gana la ceguera de la rutina y el desespero.
Cuando las cosas no salen en nuestro tiempo, nos impacientamos. Y la impaciencia es una pala muy buena para enterrar promesas. Por falta de esperanza, o por simple desobediencia, dejamos morir sueños que Dios mismo nos plantó en el corazón. Y nos enfocamos en lo que no podemos o lo que no nos deja, en lugar de prestar atención a esas pequeñas cosas que vienen de la ayuda de Dios para encaminarnos a esas metas.
Hoy entiendo que no necesito pedirle que "regrese" o que "por fin me ayude", porque Él nunca se ha ido ni ha dejado de ayudarme. Lo que necesito es sacudirme la apatía, agarrar una pala y desempolvar esas promesas que enterré por impaciente. Dios sigue en el mismo lugar, esperándote con la misma palabra que te dio al principio. ¡Vamos a desenterrarla!
-Arcelia Pantoja.



















