A veces nos complicamos demasiado la vida pensando en el momento “perfecto” o el lugar indicado para hablarle a alguien de Dios. Quizá porque nos da miedo equivocarnos, o por no saber qué decir, o no queremos incomodar a la gente. Creemos que compartir la buena noticia es una tarea de un solo momento, un evento especial para el que hay que estar súper preparados.
Pero la realidad es mucho más sencilla, y el instructivo nos lo aclara con la siguiente metáfora:
“Siembra tu semilla en la mañana, y vuelve a sembrarla en la tarde, pues no sabes cuál de las dos siembras será la mejor, o si las dos serán igualmente buenas”. Eclesiastés 11:6 (RVC)
La instrucción es clara: ¡Todos los días y a todas horas!
Esto no significa que tengas que ir por las calles gritando. Significa que ahí donde te pares, tienes la oportunidad de dejar caer una semilla. En la mañana con tu familia mientras desayunan, a mediodía con tus compañeros de trabajo, universidad o tus clientes, y en la tarde con un amigo o la persona que te atiende en el supermercado o la gasolinera.
No hay un momento específico, pero sí un momento oportuno. Cuando tengas la oportunidad de hacerlo, ¡hazlo!
¿Cómo? Tampoco es difícil, esta es una tarea que nos ha sido dada y que además, hemos sido equipados con herramientas que están con nosotros todo el tiempo. Aquí unos ejemplos:
Con tu testimonio. La forma en que reaccionas ante los problemas, manteniendo la paz cuando el mundo está en caos.
Con tus buenas obras. Esas de las que habla Efesios 2, viviendo de acuerdo a esas acciones para las que fuimos creados: ser honestos, justos, echándole una mano al que lo necesita sin esperar nada a cambio.
Con tus palabras. Cuando damos un consejo, un saludo sincero, cuando escuchamos a alguien que la está pasando mal, una palabra de aliento, etc.
Al final del día, se trata de ser reflejo de Dios en la tierra. Y quizá tú no sabes qué palabra decir o qué acto de generosidad hacer, pero Dios sí y él lo pone en ti.
Y ese acto o esa sonrisa va a ser la que toque a una persona. Quizá la semilla que siembres con un saludo amable en la mañana parezca que no hizo nada, pero la que siembres en la tarde al ser paciente con alguien en alguna situación termine dando un fruto increíble. O tal vez, las dos sean igualmente de buenas.
Nuestra única tarea es no cansarnos de sembrar Su palabra y Su amor en cada espacio que pisemos. Nosotros ponemos la semilla con nuestra vida diaria y Dios se encarga de todo lo demás; mientras tanto, ¡Sigue sembrando!
-Arcelia Rubí Pantoja















































































































