Hace algunos días, al leer el versículo Job 34:3: “Con el paladar se prueba el sabor de la comida, y con el oído se prueba la calidad de las palabras”, me detuve a reflexionar sobre la importancia de lo que escuchamos.
Gran parte de nuestros días la pasamos oyendo todo tipo de cosas: en la familia, en la calle, en el trabajo, en el corporativo, en redes sociales… Pero la pregunta es: ¿qué hacemos con todo eso que escuchamos?
Mucho de lo que oímos lo dejamos pasar sin mayor impacto. Sin embargo, hay palabras que absorbemos y terminan alojandose en nuestra mente y en nuestro corazón.
De aquello que retenemos, algunas cosas son positivas y edificantes: un curso de capacitación nos ayuda a crecer profesionalmente; una palabra de aliento nos reconforta; una buena conversación con amigos nos llena de gozo; escuchar que nuestros seres queridos están bien nos da paz; una enseñanza o una alabanza nutren nuestro espíritu.
Pero, ¿qué sucede con aquellas palabras que nos hieren, nos confunden, nos engañan o nos decepcionan?
Es ahí donde cobra sentido lo que dice el versículo: así como el paladar prueba los alimentos, nuestro oído debe probar la calidad de las palabras.
Necesitamos aprender a filtrar lo que escuchamos, decidir conscientemente qué retenemos y qué desechamos. El oído no solo recibe: también debe discernir.
La Biblia nos muestra ejemplos claros. Adán y Eva comenzaron su caída al escuchar una mentira; no sólo la oyeron, sino que decidieron creerla, y eso trajo consecuencias graves.
En contraste, Jesucristo, durante su tiempo en el desierto, también fue tentado a través de lo que escuchaba. Sin embargo, Él no aceptó esas palabras: las evaluó, las rechazó y se mantuvo firme en la verdad que conocía y que había escuchado de su Padre.
Esto nos deja una enseñanza poderosa: no todo lo que escuchamos merece quedarse en nosotros.
Si vamos a pasar gran parte de nuestra vida oyendo, entonces debemos ser intencionales. Pidamos a Dios sabiduría para discernir, para filtrar correctamente y para quedarnos solo con aquello que edifica, que guía, que trae vida y que nos permite crecer.
Las palabras tienen poder: pueden ser de bendición o de destrucción. Por eso, enfoquémonos en escuchar verdad, principios, promesas, Su Palabra. No es casualidad que en la Biblia repita varias veces: “El que tenga oídos para oír, que oiga”.
- Lety Pérez








