¿Te ha pasado que cuando estás en medio de un problema gigante, tu cerebro se pone en modo "visión de túnel"? Es como si el mundo entero se redujera a esa única necesidad. Si te falta dinero, solo piensas en las cuentas. Si estás enfermo, solo piensas en el dolor. Si te peleaste con alguien que amas, tu mente repite la discusión una y otra vez como un disco rayado.
En los momentos de necesidad, nos volvemos expertos en analizar lo que nos falta, pero nos cuesta muchísimo detenernos a pensar que hay alguien que está pensando en nosotros.
Hace poco meditaba en una frase del Salmo 40 que me voló la cabeza:
“En cuanto a mí, pobre soy, y menesteroso, pero en este instante Dios piensa en mí…”
Ya sé, ya sé, a mí también me saltó el corazón cuando lo leí. Y es que, si te pones a pensar, el salmista no estaba fingiendo que todo estaba bien. Dice claramente: "Soy pobre, tengo necesidad, la estoy pasando mal". No oculta su realidad e inmediatamente cambia el enfoque con un "pero" que lo cambia todo: ...pero en este instante Dios piensa en mí.
Es tan fácil caer en la queja automática. Nos encontramos con un amigo en la calle o platicamos con nuestro esposo/a al final del día y lo primero que sale de nuestra boca es: "Qué dolor, qué enojo, qué tristeza tan grande tengo".
Desmenuzamos el problema con lujo de detalle. Pero, ¿en qué momento nos detenemos a exaltar la grandeza del Dios que todo lo puede? Pasamos horas hablando de lo grande que es el monstruo y ni un minuto hablando de lo grande que es nuestro Padre.
El verdadero reto en los días difíciles es cambiar la mente, renovar los pensamientos y, sobre todo, cuidar nuestras palabras para hablar lo correcto en el momento correcto. No se trata de negar que la estamos pasando mal; se trata de decidir qué va a tener más peso en nuestra boca: ¿la necesidad o el diseñador de la solución?
Imagínate que estás estresado por cómo vas a resolver una situación de la casa, del trabajo o de tus hijos, sintiéndote completamente solo. Y mientras tú estás abrumado, el Creador del universo tiene su mirada fija en ti, planeando tu salida, cuidándote. ¡Hasta se me pone la piel chinita!
Necesitamos ser tan conscientes del poder de nuestro Padre como lo somos de nuestros propios problemas. La próxima vez que sientas que la necesidad te ahoga, haz una pausa, respira profundo y recuérdale a tu alma la verdad más grande que existe: En este mismísimo instante, Dios piensa en mí.
- Arcelia Pantoja.



















